DIA DE DIFUNTOS, 2.011
Chiqui, mamá, me ha llamado Tomeu para recordarme que mañana, a las 21 horas, celebrará una Misa por todos los difuntos de nuestra barriada. Él sabe, como tú, lo despistado que soy. Sin embargo, no se me va de la cabeza el 21 de Noviembre, dos meses antes de irte, mientras te acostaba y te besaba, con un hilito de voz, me dijiste: "Papá, me muero... pronto te dejaré tranquilo..." ¡¡Nó!! No me dejarás tranquilo, mamá, me dejaras solo, que no es lo mismo". Imposible describir el escalofrío que me heló el corazón. Ya ves; han pasado ocho meses y catorce días, y aunque procuro mantenerme siempre ocupado, (ya sabes que soy un culo de mal asiento incapaz de estarme quieto), sigue habiendo días en que se me caen las paredes encima. Muchas, muchas noches, me despierto con la certeza de tenerte a mi lado. Estoy como un perro sin amo. Solo... a pesar del enorme cariño que me dan nuestros hijos, nietos y amigos.
Mira por donde me ha dado por releer mis extensos escritos sobre la muerte y la vida. Aquellos que escribí entre 1.975 y el 85, cuando me dio la vena de leer todos los escritos que sobre estos temas tenía a mi alcance, participando en reuniones etc. Y la verdad es que me quedaron muy bien. El problema es que cuando la muerte te golpea a ti, directamente, en la persona que más quieres en este mundo y de la forma más brutal que existe, todo el esoterismo, toda la literatura y toda la parafernalia se van por el sumidero. Se van a hacer puñetas porque los dos sabíamos, que tú sabías que te estabas muriendo. Irremediablemente. Casi a fecha fija. Solamente quien pasa por semejante tragedia puede comprender lo que eso significa.
Todo el mundo alababa mi entereza, mi entrega. Nadie sabía que estaba sudando sangre por dentro para intentar disimular mi angustia. Porque a nadie, y a ti menos que a nadie, mamá, podía ayudar que yo publicase que me sentía perdido. Acojonado. Hubiese dado cualquier cosa por ser capaz de llorar. Por saber qué hacer frente al terrorífico hecho de ver que te ibas degradando día a día corroída por el maldito cáncer. El terrible hecho de tener que ver como, casi minuto a minuto, te ibas convirtiendo en una ancianita cada vez más incapacitada... recién cumplidos los 67 años.
En mis literarias reflexiones escribí "Son los muertos quienes abren los ojos a los vivos" Es verdad. Lo que no escribí, porque entonces no lo sabía, es lo ciegos y estúpidos que somos los vivos en nuestro comportamiento ante una enferma que, aunque se encuentre en fase terminal, conserva su conocimiento. Es una ceguera que raya en la crueldad porque, al parecer, nadie quiere tener en cuenta que la enferma les ve y les oye. La enferma sabe perfectamente que a ésos familiares les gusta "quedar bien". La gran mayoría de ellos solo aparecen en bautizos, bodas y funerales. De manera que, cuando oye sus frases de condolencia, de falso ánimo, una vez más, ve confirmado el hecho de que se está muriendo.
No les dije nada. No les saqué a patadas porque sabía que ya no podían hacerte daño. Nadie podía hacerte daño, mamá, porque tu Fe en Cristo y en Sor Ángela de la Cruz te habían ayudado, desde muchos meses antes, a asumir la voluntad de Dios y eso fue lo que te proporcionó esa gran Paz que yo veía en tu cara, en tu voz, y en tus palabras. Solo Dios, y ahora tú también, sabéis cuanto me ayudó a mí tu Fe y tu Paz.
Bueno. Lo dejo aquí, pero no sin señalar que, el hecho de atreverme a publicar una parte de mis sentimientos persigue un único objetivo: Confirmar que en tan dramáticas circunstancias, es la Fe - y nó la Ciencia - la única que realmente puede ayudarnos a aceptar nuestro destino y alcanzar la Paz.










Álex dijo
Reconozco la fortuna de quienes tenéis fe. Seguramente, la fe es el consuelo y el consuelo es la paz. Mi respeto y admiración.
Un abrazo.
1 Noviembre 2011 | 01:06 PM